Dicen que llorar es malo

octubre 16, 2008 at 3:12 pm Deja un comentario

Con 47 años Felisa Venegas pasa su vida sentada esperando. Con su “arte” de lustrar botas sostuvo sola a ocho hijos. Y aunque hace lo que más le gusta, sigue buscando un lugar donde pueda llorar.

Son las dos de la tarde, hace un calor infernal y el Paseo Ahumada pareciese estar en su hora peak. Entre un quiosco y los baños públicos, una mujer de 47 años espera sentada frente a un cajón junto a sus cepillos, betunes y trapos perfectamente ordenados la llegada de unos zapatos sucios, o mejor aún, unas botas para teñir a cambio de cuatro mil pesos. Ella es Felisa Venegas: la mujer lustrabotas.
“Ésta es mi segunda casa y me encanta trabajar acá. Si tuviera plata creo que instalaría un negocio de lo mismo. Vendría menos al Paseo pero no lo dejaría. Me encanta lustrar, me dedico a esto. Es mi arte”, dice Felisa mientras se fuma su cuarto Derby rojo del día. Y es que esta mujer es una apasionada por lo que hace y más aún por lo que lucha.
Tuvo ocho hijos junto a Pedro, su marido, quien murió de una cirrosis hepática hace diez años. ¿Qué cosa peor podría pasarle además de perder el apoyo fundamental en la crianza de sus ocho hijos? Felisa no lo pensó dos veces. Se cansó de ser perseguida por la policía como vendedora ambulante, pero no se cansó de seguir luchando. Así que optó por lo más seguro y se instaló como lustrabotas: “aunque al principio fue duro por las directivas y los clientes, ya pasé la etapa de cuando los hombres eran más machistas. Ya no me discriminan. En el fondo elegí por lo más sano, pero no por lo más rentable”.
Pero otra pena llegaría a su vida. En septiembre de 2003 su hijo de 15 años que sufría de epilepsia, murió ahogado con su propia saliva mientras dormía. “Por lo menos no sufrió, pero uno queda sufriendo”. Por suerte, en ese entonces Felisa tenía un nuevo apoyo: Nelson, un lustrabotas que trabaja en el puesto de al frente y que conoció a punta de miradas esquivando los pasos que día a día transitan por el Paseo Ahumada.
Sin embargo, la vida en familia no es fácil. “Tengo corazón de hierro. No puedo desvanecerme ante situaciones difíciles. Tengo que ser fuerte porque soy el pilar de la casa. No queda tiempo para llorar, pero si lo hago, donde no me vean”.
Lustrar botas, ser independiente, tomar sopa, comer pantrucas y casuela de albóndigas, hacer artesanías en greda y pintura en vidrio, escuchar a Marc Anthony y Marisella, dormir y regalonear al nieto con quien vive; es lo que a Felisa la hace feliz. A pesar de tener todas estas cosas y mostrarse como una mujer afable, la represión de sus sentimientos le ha costado caro: “Pienso que es malo no llorar, por eso hoy estoy deprimida…”, cuenta sin alcanzar a terminar la frase, pues un cliente la espera, no hay tiempo para decir más. Es hora de seguir la rutina.

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